Lucha contra las drogas colapsa sistema penitenciario en Filipinas

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Por: Luca Pistone | Enviado

Davao, Filipinas. 11 de noviembre de 2018.- Torres de hasta cuatro pisos de camas puestas una encima de la otra, dos personas por colchón y hamacas colgadas entre las torres de camas. Esta es la imagen más elocuente de la Prisión para Hombres de Davao, en la isla de Mindanao, y, en general, de todo el sistema penitenciario de Filipinas.

Parece que las prisiones filipinas vayan a explotar de un momento a otro. Nunca habían estado tan hacinadas como en los últimos dos años.

El motivo es la cruzada personal que el presidente del país, Rodrigo Duterte, en el poder desde verano de 2016, lanzó contra los traficantes y los consumidores de todo tipo de drogas, y en particular del shaboo crystal meth, una metanfetamina difundida por todo el Sureste Asiático que provoca unos efectos mucho más potentes que la cocaína.

En lugar de invertir en la prevención, Duterte gasta unas impresionantes sumas de dinero en la represión y en la rehabilitación de las instalaciones carcelarias.

“Mi vecino había instalado un pequeño laboratorio para producir shaboo en su apartamento. Un día, hubo una redada policial y me arrestaron también a mí porque pensaron que era uno de sus colaboradores”. Cuando esto sucedió, Brian tenía 23 años. Hoy tiene 38. El juez lo condenó a cadena perpetua.

En la Prisión para Hombres de Davao hay muchas historias similares a la de Brian. Personas que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, intercambios de persona, errores judiciales en la clasificación de las pruebas.

Antes de la llegada al poder de Duterte, la política de ‘tolerancia cero’ hacia las drogas ya estaba en boga. Su gobierno no hizo más que intensificar las redadas policiales en las plazas donde se trafica y, según varias organizaciones de derechos humanos, actuar como instigador en muchas ejecuciones extrajudiciales contra narcotraficantes y consumidores.

‘¿Os dais cuenta de que estoy aquí por dos malditos gramos de metanfetamina? Tal vez me pasaré toda la vida aquí. No soy drogadicto, solo quería probar algo nuevo’. Ronald, de 22 años, tiene confianza depositada en el juicio que tendrá el próximo mes de marzo. Explica que su familia, que es adinerada, contrató a un excelente abogado para que lo saque de la cárcel.

En cambio, Virgilio, de 56 años, deberá cumplir una sentencia de 22 años por intento de asesinato.

“Traté de matar a mi sobrino porque se había convertido en la vergüenza de la familia. Consumía y vendía shaboo. En el pueblo todos hablaban mal de nosotros”.

“Una noche llegó a casa bajo los efectos de esa porquería y golpeó a su madre, mi hermana. No pude más, tomé el machete y lo lastimé. Si no hubiese intervenido el padre, lo habría hecho pedazos. Lo dejé herido de muerte“, añade el condenado.

Por lo visto, en Filipinas quien intenta matar a una persona y la lesiona de gravedad pasa menos tiempo en la cárcel que una persona con problemas de adicción a las drogas o a quien hayan descubierto traficando con drogas, aunque sean pequeñas dosis. Por estos motivos, las prisiones del archipiélago están desbordadas, ya que albergan a un número de personas muy por encima de su capacidad.

En la Prisión para Hombres de Davao hay alrededor de cinco mil 400 presos. El edificio fue diseñado para tres mil. Son casi el doble, y se nota. Los dormitorios consisten en un montón de literas de hierro mal soldadas entre sí en las que duermen un número desproporcionado de personas.

En algunas habitaciones las camas llegan a formar cuatro pisos. El mismo colchón lo comparten dos y, a veces, hasta tres personas. El que tiene dinero para comprarse una hamaca la monta donde encuentra un hueco. Incluso los hay que cocinan entre una cama y otra. Los reclusos más ancianos duermen en una habitación en la que las torres de camas no superan los dos pisos.

‘A menudo conseguir ducharse es muy difícil, así como simplemente ir al baño. Pero en general no podemos quejarnos’, dice Lorenzo mientras hace cola para entrar en los baños. Lo que más sorprende al hablar con los reclusos es que ninguno se queja por el hacinamiento de la prisión.

Muchos se quejan por la injusticia que sufren -casi el 70 por ciento de los presos están aquí por delitos relacionados con las drogas-, pero todos parecen sobrellevar sin demasiados lamentos una vida más que congestionada.

“Es evidente -explica Arthuro, de 61 años, un ex profesor de instituto mientras juega con un cachorro que se convirtió en la mascota de la prisión- que no es agradable vivir en estas condiciones. Pero los problemas de verdad son otros”.

Por ejemplo, cuenta, ‘las visitas de familiares y amigos. Casi todos los días se pueden recibir visitas, pero muchos de nosotros venimos de otros lugares, de otras islas, y, por lo tanto, nuestros visitantes tienen que pagar altos costos para llegar hasta aquí. Yo vengo de lejos, hace cinco años que estoy aquí y solo recibí tres visitas’.

Los que están casados y tienen un documento que lo certifique tienen derecho a acceder a la ‘habitación conyugal’ con su pareja. Dicho dormitorio consta de cuatro paredes de madera sin techo dentro de la habitación de los reclusos y, por lo tanto, está en contacto directo con los otros internos.

Aquí, en una cama individual, el recluso puede mantener relaciones sexuales con su cónyuge rodeado de imágenes colgadas en la pared, algunas de ellas pornográficas. En las cárceles para mujeres las habitaciones conyugales no están permitidas porque la reclusa podría quedar embarazada.

La prisión está dividida en tres secciones, separadas entre sí por una valla de hierro. En la primera, llamada Minimum, los presos llevan una camiseta marrón y cumplen sentencias inferiores a los 12 años; en la segunda, la Medium, llevan camisetas azules y cumplen penas de entre 12 y 22 años; en la tercera, Maximum, la ropa es naranja y las condenas van de los 22 años a la cadena perpetua.

La buena conducta de los detenidos influye en el número de guardias responsables de su vigilancia. En la sección Maximum, donde hay encarceladas unas mil 500 personas, solo hay tres guardias. Uno para cada 500 personas.

“Nos ayudan algunos reclusos modelo -confía un guardia que pide permanecer en el anonimato-, como los líderes de los dormitorios. Tienen la tarea de hacer cumplir las normas y gestionar cualquier queja. Trabajo aquí desde hace varios años y nunca registramos ningún problema”.

Los días en la Prisión para Hombres de Davao están marcados por un programa bastante intenso. Se despiertan a las 04.30 de la mañana; hacen gimnasia y bailan al son de música pop a todo volumen; se duchan y toman un abundante desayuno con arroz y huevos; lavan la ropa; practican actividades opcionales como artesanía -son dignas de mención las esculturas de madera que representan animales y escenas de la Natividad de Jesucristo- y cursos de teología.

Los presos con condenas mínimas pueden ir a trabajar, cobrando, en un campo de maíz adyacente a la prisión; almuerzan; tienen la tarde libre, durante la cual pueden continuar con las manualidades o cursos literarios, mirar la tele o jugar al billar y a baloncesto, ir a misa en iglesias improvisadas o a la mezquita; cenan y, finalmente, las luces se apagan a las 21:30.

Benjamín, de 40 años, es jefe de un dormitorio. Es muy respetado entre sus compañeros. Encarcelado desde hace 10 años y condenado a cadena perpetua por tráfico de metanfetaminas, se convirtió en un católico muy devoto. Organiza grupos de oración a diferentes horas del día.

“La oración -dice- nos ayuda a seguir adelante. Estar aquí no es fácil para nosotros, pero tampoco lo es para nuestros guardianes. Y es por esto por lo que al final de nuestras oraciones pedimos al Señor que bendiga a los guardias para que puedan velar por nosotros. Nosotros somos muchos y ellos son pocos, si nos ayudamos unos a otros viviremos siempre en paz”.

Con información de Notimex.

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